Hace dos años, comencé a observar un atisbo de luz que iluminaba tímidamente la oscuridad en la que estaba sumida. Era la luz de una pequeña y preciosa estrella.
Siete días más tarde, la pequeña estrella volvería a mí para darme su calor, haciéndose un hueco en mi corazón y trayendo consigo mi felicidad, salvándome de todo resto de oscuridad que pudiese quedar en mí.
Ahora es dueña de mi corazón, pues desde entonces le pertenece y no hay ni un solo día en el que deje de desear sentir su calor.