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Recuerdas haberla visto por primera vez a principios de otoño. Te llamó la atención porque estabas pendiente de que arrancara el autobús. Pasaban cinco minutos de la hora prevista de salida y mirabas con impaciencia tu reloj y hacia la parte delantera del vehículo. La viste validar su billete y, tras ella, subir al conductor. Sentiste un amago de cólera interior porque achacaste a algún problema con su equipaje el motivo del retraso.

Se quitó la chaqueta que llevaba y se sentó a tu misma altura al otro lado del pasillo, junto a la ventana, ajena a la emanación de malas vibraciones que desprendías. Vestía una falda corta de tela tejana, medias tupidas que dibujaban unos muslos más bien finos y botines. Una camiseta verde, ceñida y abierta de hombros, realzaba su pecho. El pelo, claro, lo llevaba en melenita corta. Era, en definitiva, una rubita intrascendente. No le viste bien la cara porque todo el trayecto lo dedicó a mirar al exterior, pero su perfil mostraba una nariz breve, pómulos altos y labios carnosos. Te llamó la atención su piel tersa. Veintiséis años o veintisiete, calculaste.

No volviste a prestarle atención hasta la llegada del autocar a su destino. La bonanza del amanecer en Barcelona había sido reemplazada por un paisaje descolorido y húmedo; debía de hacer mucho frio en el exterior. Viste cómo se ponía la chaqueta, se anudaba una enorme bufanda de algodón al cuello y se apeaba del vehículo. Se alejó rápidamente sin más carga que un ligero bolso de mano colgado al hombro.



Abre la puerta del horno y comprueba que está bien caliente; cuando suene el timbre introducirá la masa para que se infle y se dore de manera uniforme. Un aroma a bechamel y a gruyere flota aún en la estrecha cocina. Nerviosa, se limpia las manos con el delantal y vuelve al comedor; nada en la mesa ha sido dejado al azar: el mantel, las servilletas plegadas en forma de flor, las dos velas en palmatorias de cristal; todo de colores acorde con los tonos de las paredes y del sofá. Esta vez está todo preparado a conciencia, organizado como debió haber sido la primera vez; esa primera vez en qué la improvisación tan solo posibilitó una ensalada de escarola con queso de cabra y mango que devoraron delante de la pantalla del televisor.

Le gustaba mucho; le había impresionado su aspecto cuando fue consciente por primera vez de su presencia en el autocar: vestía como corresponde al mundo de los ejecutivos de empresa y estaba leyendo con detenimiento un informe que apoyaba en la maleta de su portátil. Le gustó su elegancia natural, su clase. Incluso la sombra de tristeza que poblaba su cara le daba un aire interesante. Fueron coincidiendo en sucesivos trayectos, aunque ella seguía pareciéndole invisible. No fue hasta más tarde cuando se le aproximó en el bar de la estación con algún pretexto ridículo. Hablaron; compartieron puntos de vista y discreparon. Y fueron conscientes de que un caudal de atracción en dos direcciones alimentaba el placer de verse.



El tren entra en la estación. Te has resignado a no tener coche y aprovechas los viajes en transporte público para analizar a tus semejantes. Antes buscabas en ellos síntomas de infelicidad, signos de un dolor interior como el que te roía por dentro. Necesitabas sentir compañía en esa travesía tuya por el desierto, fruto de la separación. No lo aceptabas, no comprendías cómo habías llegado a ese punto, cómo tu orgullo te había hecho renunciar al piso, al coche, a los amigos comunes (todos ellos conocidos a través de tu pareja). Buscabas en las miradas opacas por la fatiga un espejo en qué ver reflejado tu sufrimiento.

Ahora, en las miradas de los pasajeros sigues viendo dolor y sufrimiento, cansancio e incertidumbre. Pero no te identificas con ellos, los ves a distancia. Algo profundo ha cambiado en ti; hay algo en tu vida que te hace verla con mayor optimismo.

Subes al vagón y decides permanecer de pié en la plataforma. Tu figura alta, estilizada por la gabardina negra, atrae algunas miradas que al rato vuelven a perderse en ensoñaciones y en anhelos de retorno inmediato al hogar.

Piensas en ella, en cómo ha cambiado tu vida, en cómo ha puesto orden en tu espíritu y en tus orgasmos. Recuerdas cómo, una vez reconocido tu error de apreciación, tuviste necesidad de compensar, con alguna atención que ella no te solicitaba, el desagrado que te causó la primera vez que la viste. Aun y cuando ella no lo hubiera notado nunca. Con un punto de rubor, sonríes interiormente por la falta de gracia que tuviste al abordarla y cómo agradeciste que, lejos de mostrarse distante, fuera abierta y locuaz. A fin de cuentas, ella dijo recordar haberte visto en el autocar repetidas veces y consideraba que compartir trayecto casi diariamente era motivo suficiente para evitar formalismos.



Están los cuerpos en reposo, el uno apoyado sobre el otro, en el sofá escarlata; las extremidades caídas como presas de un desmayo, pero atentas y dispuestas al acecho; como un cebo depredador. Ante la duda, ambos contendientes se analizan, evitan dar un primer paso que pudiera ser fatal.

Son las manos, como animadas por una vida propia las primeras en romper las hostilidades. Como el disparo de un fusil aislado que se escapa, fruto de un ansia irrefrenable de entrar el batalla, una mano vuela decidida sobre otra mano. Asciende por el antebrazo y pellizca con delicadeza el vello, como para probar su resistencia o su calidad de seda; se desliza hasta la punta de los dedos donde es hecha prisionera por otras manos que la acarician; las miradas no se cruzan, pero los cuerpos saben lo que quieren.

Las manos llevan su cautiva a los labios, que la agasajan; la besan: besos suaves, breves. La nariz aspira, quiere captar el olor de la piel, su esencia, incluso por encima de los sutiles aromas que aún pueblan la epidermis: olor a alimentos, a especies, olores a química culinaria, un vago olor a perfume y, por encima (o debajo) de todos ellos, el olor del cuerpo, ese olor personal, único como una huella digital, evocador e irrepetible. Ese único olor capaz de despertar el deseo.



Las estaciones de metro se suceden con rapidez, como una alegoría de los días que vinieron a continuación. Los encuentros se reiteraron como casualmente; aparecías con mucho tiempo de antelación en el bar de la estación de autobuses, con el deseo de compartir con ella la espera hasta el momento de tomar el coche de regreso. Y, paradójicamente, cuanto más pronto llegabas tú, antes aparecía ella.

De esos ratos compartidos ante un café aprendiste que era metódica, ordenada y de escasos medios económicos. Hacía algo de voluntariado con gentes de la tercera edad y le pagaban lo justo como para costearse los viajes de desplazamiento y sostener un modesto piso en el Carmelo.

Sin embargo, era dinámica y positiva; nadaba aún en el optimismo y el desprendimiento de su juventud. Te avergonzaste de tu vida de dispendios innecesarios, de tu ropa y tus productos de marca y reconociste la insatisfacción y la vacuidad de tu existencia. Resultó ser además muy convincente: no te diste cuenta y ya habías aceptado una invitación repentina para ver las fotografías de un viaje que había realizado a Italia tiempo atrás. Así entraste en su casa y en su intimidad.



Le había mostrado las fotos de su viaje a Italia; no eran buenas, pero era el único pretexto que había encontrado para organizar aquella cena improvisada en su casa. Volvían en el mismo autocar, como venían haciendo las últimas semanas. Hablaban de viajes; ella propuso que fueran a ver sus fotos esperando un no por respuesta, pero había aceptado. Tomaron el metro y, tras un viaje casi tan largo como el del autocar, se plantaron en el Carmelo.

Hizo una ensalada con lo que pudo y la comieron ante la pantalla; tomaron para beber un vino blanco afrutado que ella tenía por abrir en la nevera. Le explicó cosas de su viaje de años atrás a la Toscana: Florencia, Siena, Lucca, San Giminiano… Había finalizado el pase cuando fueron conscientes del cansancio que acarreaban de todo el día y sus cuerpos se relajaron en el sofá, hombro con hombro. Ella descuidó negligentemente su mano sobre el antebrazo de su huésped; la deslizó todo a lo largo, reteniendo el fino vello entre sus dedos y pensó que había ido ya muy lejos cuando sintió que su mano era atrapada por otras dos y conducida a unos labios que la besaron y mordisquearon. A partir de ese momento todo fue muy deprisa: sus bocas se buscaron con avidez. Ella le propuso, a la vez que le bajaba los pantalones, seguir la fiesta en su habitación.



Sigue la boca la exploración de los dedos; se suma a ello la lengua, que lame con delicadeza las yemas. Las humedece como si quisiera favorecer su penetración a través de los labios entreabiertos. Pero la mano cautiva se libera y busca una mejilla para acariciar; recorre la nuca y entrelaza los dedos en el cabello, dónde abre brecha para que otros labios depositen un beso y aspiren el aroma que desprende.

Es esa otra boca la que ahora desciende por las sienes hasta la mejilla, catando la suavidad de la piel y llega, cauta, a la comisura de los labios donde posa un beso tímido que obtiene otro beso por respuesta. Sorprendidos (y aliviados) los labios se picotean mutuamente con curiosidad: se catan, se desafían. Una lengua se aventura más allá de su reducto e invade el territorio ajeno. Se desata una lucha de bocas enfebrecidas que aspiran, sorben, se engarzan… Una mano busca con desesperación un pecho que presionar con fuerza; otra mano busca la comba de un muslo y lo recorre en ambos sentidos. No hay una sola porción de los cuerpos que no sea objeto de visita, de reconocimiento, de homenaje.

Pronto ascienden las manos muslos arriba para infiltrarse bajo la escueta falda o miran de vencer el obstáculo de unos botones que imposibilitan que los pantalones se deslicen piernas abajo.

El deseo desatado mueve los cuerpos hacia el dormitorio, ese reducto de intimidad que preside la cama; el corto trayecto queda jalonado con prendas de vestir: falda, jersey, pantalones, medias, calcetines o bragas.

Ya en el campo de batalla, los cuerpos se estiran uno junto al otro, dejando libre un brazo peregrino. Las bocas renuevan sus protestas de amor; las manos, ahora sin hallar el estorbo de la ropa, danzan locas por valles y barrancas recorriendo pliegues y tersuras, carnes firmes y carnes mórbidas donde los dedos se hunden levemente dejando tras de sí una huella pálida que tiende rápidamente a desvanecerse.

Los pechos, de pezones aterciopelados, son objeto de atenciones; los dientes rodean las carnosas perlas emergentes y las presionan con determinación y delicadeza, trazando una sutil línea divisoria que separa el placer del dolor.



Una bocanada de aire fresco te revitaliza; la diferencia de temperaturas entre esta zona de la ciudad y el casco viejo es notable. Aceptaste alojarte por un tiempo en casa de unos conocidos, en un piso enorme y restaurado con gusto exquisito de la calle Quintana. Tiene la gran ventaja de quedar cerca de la parada del autocar y, de entrada, te resultó divertida la diversidad cultural del barrio. Pero hoy te agobia el exceso de ruido y echas de menos tu antiguo piso en Sarriá.

El Carmelo es, sin duda una zona muy particular de tu ciudad; poco a poco lo vas conociendo; ya no dudas al andar por el laberinto de callejuelas que se encaraman hacia su casa. Ahora este trayecto es para ti familiar. Lejos queda la aprensión de la primera vez, aquella noche en qué no regresaste sobre tus pasos sino al día siguiente, cuando ya clareaba, con esa sensación rara que da el vestir la misma ropa que el día anterior, sin haber pasado por ese laboratorio personal que es el baño propio, dónde cada cual realiza sus tareas de adecentarse antes de presentarse de nuevo ante el mundo.

Apenas habíais dormido, fundidos ambos cuerpos en uno solo; la noche se pasó en un duermevela arrullado por un rumor de besos, de aspiraciones, de reconocimiento del cuerpo ajeno.

Cuando saliste de la ducha, ella había preparado zumo natural y tostadas de pan de molde con mantequilla. Apenas las mordisqueasteis, las manos entrelazadas y las miradas turbias y soñadoras hasta que la consciencia del tiempo te hizo despedirte de ella a toda prisa.



Las posiciones se invierten y cada cual busca, en la confluencia de los muslos ajenos, los ansiados frutos que, ante los ojos, se muestran vivos, palpitantes, deseosos de atenciones. Las bocas se afanan por saciar la urgencia con ayuda de lenguas inspiradas, con el concurso de las manos que acarician, friccionan y penetran en todos y cada uno de los huecos que encuentran a su paso. Suaves gemidos acompasados invaden el espacio antes poblado de rumores sordos. Una respiración agitada pone en evidencia la dulzura del martirio a qué se someten los cuerpos.

Pronto alcanzan éstos el deseado objetivo y las sábanas se humedecen por fluidos que son inapelable prueba de satisfacción. Los espasmos simultáneos disminuyen su frecuencia y la respiración se calma poco a poco; una mano caritativa seca el sudor de la frente, del pecho, de los muslos.



No fue aquella la única vez que subiste la cuesta que ahora remontas. Le tomaste la medida al metro, al barrio, a su piso y a su cuerpo. Aprendiste a amar con pasión aquella anatomía que un día te pareció insignificante. Caíste en la cuenta de que su perfección residía en la belleza de su morfología convencional, sin redondeces sensuales, sin estridencias, sin más atributos que el equilibrio de sus proporciones. Te rendiste a la pasión de recorrer su cuerpo terso, al placer de oler paulatinamente el aroma de su sexo a medida que tu boca descendía hasta su pubis y, ya en el colmo de la excitación, al gozo de separar sus piernas juveniles para acariciar su más preciada intimidad.

Hubieras pasado horas, días, lamiendo aquella flor que procuraba a su dueña aquellos episodios encadenados de placer acuoso. Descubriste el vicio de hundir tu cara entre sus muslos una y otra vez, de dejar que tu lengua saltara loca de alegría entre sus pliegues, sin notar la fatiga, compensando así tu naturaleza mono orgásmica, mientras ella, con sus manos asiendo las tuyas para evitar el vértigo de su sexualidad desbocada, llegaba una y otra vez en éxtasis indescriptibles que acompañaba de aquel caudal insospechado que te mojaba la cara y el cuello y os obligaba a colocar toallas secas sobre las sábanas empapadas.

Hoy será la última vez que hagas este recorrido para visitarla; algo va a cambiar y es por eso que va a ser una noche diferente; la has llamado para decírselo y se ha mostrado extrañada; su voz a sonado repentinamente inquieta, preocupada. Ya es hora de sacarla de dudas; has llegado hasta el portal y accionas el pulsador. El cierre automático se abre sin que haya preguntas. Subes pausadamente los escalones hasta el tercer piso y te plantas ante su puerta. Llamas.



El interfono suena. Presa del pánico la joven se dirige al recibidor, pulsa el interruptor que abre el portal de la calle y vuelve a la cocina a introducir el molde en el horno: veinte minutos a fuego suave y diez o quince más a fuego fuerte; la cocina a gas no admite más matices. Se desabrocha el delantal y lo cuelga detrás de la puerta. Pasa por el baño para darse color en las mejillas y soltarse del pelo; se ajusta el pecho en el sujetador y se estira la falda y el jersey de punto. Quiere sentirse guapa, atractiva; pase lo que pase a partir de esta noche, nada va a estropear la cena.



Los cuerpos han yacido un rato inertes, agotados; el placer reiterado ha colmado de satisfacción uno de ellos, pero ha encendido el deseo en el otro sin apagarlo. Hay una tensión de ansias desbordadas. Una vez más las posturas se invierten; la boca ansiosa recorre los muslos hasta los pies, la lengua lame los delicados dedos, los saborea, los introduce en su interior. Las manos asían una pierna, la levantan; la boca recorre ahora la pantorrilla bien torneada y sorbe el olor que emana la piel en el pliegue posterior de la rodilla. Con la pierna alzada pasa una de las suyas por debajo; los dos sexos se aproximan hasta tocarse: húmedo e hinchado uno de ellos, deseoso el otro y ávido de atenciones; son dos bocas que se atraen, cuatro labios que se besan. Uno de ellos emprende rítmicos movimientos; los clítoris entran en contacto, se frotan, se masajean; la excitación crece, crece la sensación de posesión, de voluptuosidad; las manos se buscan desesperadas y sólo se liberan momentáneamente para presionar un pecho, para agarrarse a una nalga, a una grupa sudorosa. De pronto los jadeos se intensifican, la respiración parece que va a interrumpirse; un grito agónico llena la estancia y las dos mujeres se convulsionan simultáneamente, los ojos vidriosos, la boca húmeda entreabierta. De nuevo ha tenido lugar el misterio de la sexualidad femenina.



Abre la puerta y allí está ella, alta y elegante con su gabardina negra. Ni la luz del fluorescente industrial que ilumina la escalera puede menoscabar su belleza. La joven la rodea con sus brazos y se iza ligeramente sobre las puntas de los pies para poner su boca a la altura de la de la mujer. Con un gesto nervioso de la mano se aparta un mechón de pelo de la cara y deposita un beso sobre los labios de su amada, un beso largo y suave tras el cual se aparta para contemplarla. De pronto su cara se ilumina al reparar en la bolsa de viaje de que reposa a sus pies. Sabe la respuesta, pero desea oírla de sus labios:

- ¿Y esa maleta?

- Son mis cosas; he venido para quedarme.





La Cerdaña, noviembre de 2008


_gamy_ - I.Baleares - 2009-01-29 01:37:40

Efectivament.

hevilonga - Guipuzcoa - 2009-02-05 23:24:02

jajaja
hola, soy la del esflgo de _diosas_
pues si, yo tambien lo pensé, pobre mujer, ke le hacen ponerse para la puñetera foto unos kalentadores estando en la playa...
he leido por encima el texto, mañana lo leere con detenimiento, pienso que me gustará segun lo poco que he leido
buenas noches
karelia - Asturias - 2009-02-15 10:12:15

Gracias por pasarte.
_diosas_ - Guipuzcoa - 2009-02-15 11:43:39

gracias!!
me pareció bonita la foto
y el texto, bueno, no es lo ke siento por esa chica, claro está, ni tan siquiera la conozco...XD

un besote!
hevilonga - Guipuzcoa - 2009-02-15 12:21:23

ale....te akabo de firmar kon la otra keunta pero bueno, respecto a lo ke has puesto en mi esflog...sip, para mi es una droga...especial...
las otras me gustan, me hacen vivir nuevas experiencias...pero el amor, es diferente

un saludo
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