Te sientas en frente, como de costumbre.
Empiezas a exponerme tu pasado reciente, otra mañana más.
Llevas bastante inercia, parece que va a durar.
Intuyo el desenlace.
Hasta el nudo.
Mi vista está a flor de piel. Puedes observar mis broncíneos ojos, cuál escudo de tiempos remotos, con el reflejo verdoso del impactar de la luz solar, sigilosa desde la ventana a tu espalda.
Mi mirada, en cambio, se halla retrocediendo hacia el fondo de mi ser, enfocada a la cara exterior, pero todo se difumina.
La concentración de la distracción ata mi tobillo, con seda cuerda de hiladoras desconocidas, y me subyuga a su querer. Me hunde en el agua oscura de la abstracción, estira de mi base hacia abajo, la profundidad, hasta dejarme completamente bajo la superficie.
Las olas han cesado.
Estoy tumbado en el césped, boca arriba. Está húmedo, pero sin llegar a empapar. Como la deliciosa lluvia que desciende en el crepúsculo de primavera y que, en vez de mojarte brutal y indiscriminadamente, desliza su ejército de frescura en tímidas y modestas gotas que, a su vez, acarician el contorno de mi silueta. Me besan amistosamente, juguetonas.
El cielo está despejado, menos algunas nubes que flotan sobre mi ser.; dudas existencialistas en un cielo que sólo aparente calma.
No existe la calma absoluta. No existe el locus amoenus que arrastra a tu espíritu a una ataraxia esencial.
Todo cielo tiene nubes. Aunque tú no las puedas ver.
Ni tú ni él, podéis controlar el rugir del tiempo, el viento.
De pronto me sobresalto. A toda velocidad, aparezco ascendiendo desde el fondo de las aguas y, aunque dentro del agua no me hacía falta respirar, siento el impulso de abrir mis pulmones tanto como pueda y verter el fluido vital por todo el interior mi ser.