El otro día tuve una erección. Muchos pensarán que no es ningún logro, y de hecho, no debería serlo. A mis sesenta años, levantar el nabo es un milagro, y he de admitir que en juventud tampoco fui el colmo de la dureza.
Me veo sincerándome en un papel, escribiendo sobre mis penurias y mis glorias patéticas, aun así me gustaría dejar constancia de algo novedoso que me está sucediendo lentamente, pero de un modo inexorable.
Mi madre me puso de nombre Oscar, los hay mejores, también peores, me importa una mierda, Oscar y punto. Trabajo en una fabrica haciendo cucharas durante ocho horas, en las cuales no hago otra cosa que contar las que voy fabricando. Me escaqueo todo lo que puedo, a veces paro la máquina para rascarme el ojete cuando me pica, incluso me tomo un café cerca de la ventana de la secretaria que es fea de cojones, pero tiene unas tetas en las que me gustaría morir asfixiado. Todos mis sueños y mis ilusiones hace años que murieron, o desaparecieron sin más, y no es que tuviese metas muy altas a las que no pude llegar, sino más bien que siempre he preferido tocarme los cojones en vez de apretarlos. La definición general que se me debería aplicar es la de “pringao” en pura esencia, “don nadie” o “pelacañas” también son aceptables. No me importa, nací para morir, solo y sin ninguna historia que contar, pero no soy peor que tu ni mejor, porque a ti te importa una mierda mi destino, tanto como a mí el tuyo.
Hace un año tuve una gastroenteritis o como se llame eso, la cosa es que me cagaba por las esquinas como un mirlo. Me las apañé para que el doctor me hiciera unos papeles conforme padezco mucho de esta mierda, nunca mejor dicho, para así poder escaquearme más todavía e irme a los retretes a fumar.
Hay un gordo asqueroso llamado Pedro que se hace pasar por encargado. Me vigila constantemente e incluso me sigue a los retretes para ver si cago de verdad. Es tan imbécil que ya le he cogido el truco, y siempre espero a que entre y se pire para encenderme los pitillos.
Pero en esta ocasión al bajarme los pantalones, por si Pedro el gordo miraba por debajo de la puerta y así me veía los cojones, descubrí una novedad en el cuartel. Mi picha patética, blanquecina y pecosa, parecía contener algo de sangre en su interior como para dejármela en un estado medio morcillón.
Después de que el encargado se largase, y yo me fumara mi pitillito, aquella churra cutre seguía medio empalmada. Hacía años que no lograba ni una semi-erección, ya de cascármela, mejor ni mencionarlo. ¿Por qué no? Tan solo era una paja en el trabajo, perder una oportunidad así sería de locos, así que me lancé a la labor del despellejeo como un mono de zoológico. La experiencia fue gratificante, y le dejé además un regalito para la señora de la limpieza, pegado en la puerta.
Al día siguiente me levanto por la mañana y tengo una empalmada matutina. Me siento rejuvenecer, como un adolescente, desafiando a Dios con mi onceavo dedo sin dejar de señalarle, aunque más que desafiarle, esto debe ser un milagro de él. Aprovecho y me la vuelvo a cascar. Mientras lo hacía, descubro para mi sorpresa que me ha crecido el pepino, no mucho, pero lo suficiente como para darme cuenta.
Voy al trabajo sonriendo, contento y más optimista que nunca. Hago bromas con los compañeros y hasta le suelto un piropillo a la secretaria que se ruboriza, puesto que nadie, ni hartos de vino, lo haría. Vuelvo a casa por la noche y me veo otra vez empalmado, pero mas grande aún que antes. Me paro a pensar y caigo en la cuenta de que en mi juventud jamás tuve un cipote tan grande, no se que estará pasando, pero la verdad es que me alegro de que esto se vuelva cada vez mas grande.
Por la mañana descubro que aun es mayor, cojo una regla de un cajón y me mido el nabo para comprobar que calzo unos veintidós centímetros. Me siento poderoso con tal armamento, incluso me pasa por la cabeza dejar la fabrica y dedicarme a hacer películas porno.
Entrando en el trabajo, apenas puedo disimular el enorme cacharro que tengo pegado al abdomen para que no me haga daño. Los compañeros hacen bromas al respecto y empiezo a sentir algo parecido a la vergüenza, incluso la secretaria me guiña un ojo y mira el paquete con espíritu de vaina para sable. Al llegar a casa, por la noche, vuelvo a medirme el asunto y esta vez mide veinticinco centímetros. Algo raro está pasando, dejo de fantasear y empiezo a pensar que se trata de una infección o algo, una inflamación o una enfermedad extraña acabada en el término “crónico”. Me acojono de lo lindo, trato de dormir con la polla mirando al techo y cierro los ojos con fuerza para no pensar en pajas, puesto que puede empeorar la situación.
A la mañana siguiente, ha crecido. Ahora me mide casi treinta centímetros, y me duele al ponerme de pie, pesa demasiado y mi abdomen blanducho tiene serios problemas para tensarse. Me tomo el día libre, llamo al trabajo y le digo al cerdo de Pedro que tengo diarreas y que voy dejando el rastro por el piso como los caracoles. Parece no creerme pero acepta sin más.
A lo largo del día, descubro como va en aumento y al ponerse el sol, veo que en unas horas ha crecido cinco centímetros más. Además, va engordando y empieza a parecerse a un chorizo venoso con un capullo morado de textura rugosa. Esa noche me cuesta pegar ojo. La lámpara de la habitación en la pared del fondo genera la proyección de la sombra de mi cipote sobre mí, y me siento que estoy postrado ante un inmenso tótem con imágenes de algún dios malvado y sanguinolento. Tengo que dormir en esta postura, puesto que de lado me hace daño y dormir boca abajo con un inmenso pollón clavado en el pecho es algo que me perturba el sueño. Tengo que ir al médico como sea.
Al día siguiente me presento en la consulta de urgencias del hospital, con la polla amarrada a la pierna con cinta aislante en varios puntos, cojeando puesto que no puedo articular la rodilla por no retorcerme el nardo. Me siento en la sala de espera con la pierna tiesa y la gente me mira con pena pensando que tengo una pata de palo o algo así. Me dan ganas de mear, y entro en el retrete del hospital, me levanto el pantalón para verme el capullo a la altura del gemelo, y meo con la pata dentro del urinal. Un tío entra y se queda mirando alucinado por el espectáculo.
Me hacen pasar, y una doctora me pregunta que cual es mi problema. Le explico que me esta creciendo el pene a un ritmo de cinco centímetros diarios y me pide que se lo enseñe. Me bajo los pantalones y me quito la cinta aislante. Al soltar el tranco, el capullo que es del tamaño de un pomelo, golpea la tablilla que la doctora lleva en las manos al subir, tirándosela por el suelo y a pique de darle en la barbilla. La mujer da un paso para atrás alarmada y asustada. Me mira el bate de beisbol con los ojos abiertos como platos y guarda silencio. Imagino que en su mente de mujer varias ideas se cuajan, una de ellas es que algo así la mataría, empalándola al estilo holocausto caníbal, pero le pondría una o doscientas velas a la virgen para que algo así le sucediera, por lo menos un poquito, a su marido pichacorta.
Me dicen que van a tratar de drenarme el pene para bajar la inflamación, y así lo hacen, pero sacan tanta sangre que resulta hasta peligroso, y el cacharro no mengua ni por el asomo. Me dan unas pastillas para bajar la inflamación y respiran tranquilos cuando me vuelvo a encintar la polla a la pierna y me largo de allí. No saben lo que tengo, ni pueden ayudarme.
Al día siguiente, trato de hacerme un bocadillo en la cocina, pero me resulta imposible no ir tirando la decoración del piso a cada paso que doy. Empiezo a pensar que un monociclo en la punta del nabo me vendría que ni pintado, pues tengo que usar dos manos para mantenerlo y que no me tire al suelo. Ha vuelto a crecer, pronto será tan alto como yo y sere un tio viejo y feo pegado a un tremendo pollón. He tomado una decisión, voy a cortármela.
Quito el mantel que hizo mi madre a ganchillo de la mesa, aparto las sillas y plastifico el suelo, cojo un trinchante y sitúo la polla en mitad de la mesa. ¿Por donde debería cortar? Me dejaré veinte centímetros de cortesía y el resto a tomar por culo. Levanto el trinchante, lo dejo caer acompañado con ambas manos y secciono el cipote de un solo golpe. La parte cortada sale disparada de la mesa empujada por un tremendo chorro de sangre y da vueltas por el piso como un globo que se desinfla, dejándome el piso como si se hubiera rodado la matanza de Texas dentro. El trozo de cortesía expulsa sangre a raudales, pero le aplico un torniquete. Justo cuando lo apretó, descubro que mis veinte centímetros están menguando.
Me paso la noche entera vigilando de no desangrarme y morir, viendo cómo va reduciendo la cortesía y cambiando las gasas.
Diez días después vuelvo al trabajo.
El trozo cortado se quedó en lo que antes fue mi pito ridículo, los veinte que tenía se quedaron en nada. Ahora para mear, me tengo que sentar en la taza, como las mujeres, porque si no, me meo las pelotas.
Después de todo no soy un tipo negativo, puesto que ahora, con parte médico incluido, tengo más excusas para ir al lavabo y encerrarme en los cagaderos para fumar, así que Pedro se ha aburrido de tocarme los huevos. Toda una vida deseando tener un enorme cipote, para luego descubrir que es una auténtica pesadilla.