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El coche arrancó con un sonoro rugido. Mi abuelo se acomodó en el asiento trasero, a mi lado, aunque mantuvo la vista fija en el exterior. Las estrechas calles de la ciudad fueron pasando junto a mi ventanilla a gran velocidad. El viaje había comenzado.
Mi vida acababa de terminar y como la de un fénix, volvía a resurgir de entre las cenizas. Solo esperaba ser capaz de aguantar como hasta ahora, con valentía y aparente serenidad.
Suspiré quedamente y me limpié con disimulo las lágrimas que ahora me caían por las mejillas. Mi abuelo no se giró, pero sé que él sabía lo que se me pasaba por la cabeza, sabía que en el fondo él tampoco quería que yo me marchase, sólo que… no se atrevía a decírmelo. O simplemente no podía hacerlo.
Poco a poco el paisaje fue cambiando. Pasé de ver grandes y verdes prados a estrechas calles llenas de tiendas. El ruido de Madrid era muy intenso, y más aún su gente. Por lo poco que podía ver desde la ventana del coche, sabía que la gente vivía en su propio mundo y que no compartían en absoluto nada con la vida en el campo.
Tragué saliva, ligeramente intimidada. Nunca había pensado que la vida en la ciudad sería tan… agitada. ¿Así iba a ser mi vida a partir de ahora?
Al cabo de unos minutos, y según seguíamos avanzando, la algarabía y la multitud madrileña fue siendo sustituida por algo más de calma y paz. Poco a poco llegábamos a nuestro destino.

El coche se detuvo suavemente, levanté la cabeza y busqué con la mirada a mi abuelo, buscando algo de apoyo, pero éste seguía sin mirarme. Dolida, abrí la puerta y salí al exterior con una brusca inhalación. Nunca me había gustado el olor del ambientador de los coches, ya que hacía que me marease y me abotargara.
Nos habíamos detenido frente a un portal cerrado. El edificio no era excesivamente alto, tan sólo tenía cuatro plantas bien repartidas en grandes apartamentos.
Bianca bajó del coche y me sonrió, detrás, bajó el abuelo que se me acercó en silencio.
-¿Estás preparada?
Me giré hacia Bianca. ¿De verdad me estaba preguntando aquello? Cuando me di cuenta de que realmente esperaba una respuesta, me apresuré a asentir, aunque sin convicción alguna. Bianca sonrió, satisfecha.
Respiré profundamente y me acerqué al abuelo, que contemplaba el suelo con fijeza.
- T-te echaré de menos. – la voz me temblaba, pero conseguí (no sé muy bien cómo) aguantar las lágrimas que empezaban a asomar por las pupilas.
El abuelo no me respondió. Simplemente se acercó a mí y me abrazó con fuerza. No fueron necesarios más gestos ni palabras, ya que el dolor era latente en el ambiente, los sentimientos de amor, necesidad y culpa se entremezclaron con violencia en nuestras mentes, dejando un hueco que ambos sabíamos que no llenaríamos nunca.
Ahora era cuando me daba cuenta de lo mucho que lo echaría en falta. Eran en estos momentos cuando empezaba a asimilar en lo que estaba metida.
Bianca carraspeó repetidas veces y nos obligó sutilmente a separarnos.
Él se separó y me besó en la coronilla. Después, entró en el coche. Y así, desapareció de mi vista.


Y tras dejar esto un poco abandonado... vuelvo
Un saludo...

__Lyannar__

myway - Sta. Cruz de Tenerife - 2010-03-12 14:12:56

dos mesitos...ya te vale


echar de menos
termina volciendonos loco

bst
anyta_gati - Pontevedra - 2010-03-14 01:27:53

ay dios! no puedes dejarnos asi
pronto ya eh???
besiños







ali
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