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Suspiró. Cómo cada noche antes de meterse en la cama, las sabanas le saludaron con su frío rumor. Una sensación de abatimiento se adueñó de él. Otra vez ese pensamiento, otra vez ella.

Cerró los ojos con fuerza, tratando de no pensar en su sonrisa, en el brillo de sus ojos cada vez que lo miraba. Sabía que todo aquello no era más que el fruto de su ilusoria mente, que desesperada se aferraba a cualquier gesto que ella le otorgaba. Día a día… una y otra vez, durante aquellos breves minutos en los que sus miradas se encontraban, él descubría el verdadero sentido del mundo.

Era estúpido. Ilógico. Infantil. Un amor a primera vista debía ser olvidado de inmediato. Y sin embargo… allí estaba, con una sonrisa estúpida en los labios, fantaseando otra vez. Pensando en todo aquello que podía ser y que sin embargo, no era.

Sabía que en parte era culpa suya, por no atreverse a dar el paso. Pero era tan difícil acercarse a ella… eran tantas las diferencias que les separaban, tantos obstáculos que salvar, era tanta la indecisión... que siempre veía como su oportunidad pasaba de largo. El tren se detenía, ella le miraba, con esa mirada dulce que le decía más de lo que él quería entender. Y después… el vacío, el silencio, y esa oscura y dolorosa sensación de pérdida. Día tras día, semana tras semana, el mismo dulce tormento. Realmente aún no entendía por qué seguía cogiendo ése tren. ¿Por qué seguía buscándola…? Conocía la respuesta, pero no quería admitirla. Era demasiado doloroso reconocer que vivía para verla, para escuchar el sonido de su voz cuando hablaba por el móvil. Cada gesto, cada pestañeo era el aliento de vida que lo mantenía a flote.

¿Pero cómo decírselo? ¿Cómo exponerse a entregarle su corazón, su alma? Eran tantos los riesgos, los miedos, que él siempre se echaba atrás, prefiriendo así vivir tras la barrera, limitándose al mundo de los sueños, de las esperanzas.

Pero sabía que aquello no duraría siempre, tarde o temprano alguien se la llevaría. O cambiaría de horarios o… quien sabe, simplemente desaparecería. Y él… él se quedaría a la espera de otra oportunidad, implorando recuperar el tiempo perdido.

Maldita sea, quería estar con ella. Quería amarla, susurrarla que gracias a ella la vida tenía sentido. Quería gritar a los cuatro vientos que ella era lo único que necesitaba para ser feliz.

Sabía que no podía seguir esperando. Para bien o para mal, el destino había jugado sus cartas y ahora le tocaba actuar a él. No habría marcha atrás, ni nadie que lo impidiera. Se arriesgaba al dolor, al frío abismo o a la eterna recompensa de sus brazos, de sus labios…

Suspiró. Sus cavilaciones siempre le robaban el tiempo, lo alejaban de la oscuridad y le llevaban de nuevo a la luz. El amanecer le recibió, cálido y brillante. Se asomó a la ventana, con una media sonrisa. Su guitarra lo reclamó, con un amoroso rasgar de sus cuerdas. Todo estaba en orden, nada podía salir mal…

Salió de su casa, como cada mañana. Su guitarra como única arma, su sonrisa como única defensa. El premio… ella. El tren apareció, con su característico traqueteo. Las puertas se abrieron, más despacio que de costumbre. Sabía que ella estaba allí, podía percibirlo… lo notaba en cada poro de su piel que se erizaba, con los nervios a flor de piel.

El vagón estaba lleno, la gente susurraba, reía, hablaba en voz alta. Pero él no oía nada salvo el susurro de las páginas del libro que ella sostenía, su suave respiración. Se acercó, con lentitud, sin dejar de mirarla, bebiendo de su presencia como si fuera lo último que fuera a ver.

Ella levantó la cabeza y cerró el libro. Su parada de acercaba. El tiempo se acababa, se escapaba más rápido que de costumbre. Pero no había vuelta atrás, no quería volver a lamentarse. Ella giró la cabeza, buscándole. Su sonrisa le otorgó el valor que necesitaba.

Él cayó de rodillas, ante ella, prendado de su mirada. Sabía que todo el mundo le miraba, sabía que todos hablaban de él, pero sobre todo, sabía que ella le sonreía. No necesitaba más, nada más. Empuñó su guitarra con firmeza, pese a que él no podía parar de temblar. La música inundó el tren, tan dulce como la voz que lo acompañaba. La letra era un homenaje, una súplica, una declaración.

Él no quería mirarla, no quería que viera sus lágrimas. Y sin embargo, allí estaba…, manteniendo el lazo que había arrojado sobre ellos y que a cada nota se hacía más fuerte. El tren se detuvo. Las puertas se abrieron. Y ella esperó, de nuevo a que se cerraran. El tiempo siguió corriendo, más veloz, imparable…

Las manos de ella le hicieron levantarse, suaves, livianas y tan temblorosas como las suyas. Notó como suspiraba, como se inclinaba hacia él. Sus labios se posaron en los suyos, dulces, cálidos y tan llenos de promesas como él había soñado.

Las estaciones se sucedieron, unas tras otras, sin que ninguno consiguiera separarse del otro. El tiempo pasó, en silencio. Ellos sonreían, entre susurros cargados de amor, de intenciones, de promesas tan ilícitas como lejanas.

Pero la vida jugó su baza. La tierra tembló y la luz desapareció, hundiendo el tren en las tinieblas, en la destrucción. Él la sujetó contra si, jurando no perderla, prometiéndola una vida mejor, una vida con él. Ella no contestó y su mano dejó de sujetarle. El color de su rostro desapareció, a la vez que su sangre, que se escurría de entre sus manos. Sin embargo, su sonrisa no desapareció, ni el hermoso brillo de sus ojos. Un “te quiero” fue su despedida.

Han pasado varios años desde aquel suceso. Y sin embargo… él sigue allí, buscándola en cada estación, con la mirada perdida y una dulce canción en sus labios, recordando al mundo que la vida es corta, maravillosa y apasionada, y que pese a que la tristeza y la muerte sea el fin de todo, aún queda un rastro de esperanza…


__Lyannar__

myway - Sta. Cruz de Tenerife - 2011-05-27 12:16:38

la esperanza
surge de entre
matices verdes
sobre sueño amarillo

bst
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