Ya no busco tu olor como un animal. Tampoco si has dejado guiños por la casa. Ni siquiera tu rastro en el cojín. Porque tomo el café y el volumen de tu boca se apodera de la mía. Inmóvil, separo los brazos y me cae la taza. El vacío se llena ante mí y desde la ventana de la cocina veo que es de día, que es mañana. Y empiezo a deslizarme entre las saetas del reloj, salto sobre los segundos hacia atrás para acabar atrapada otra vez entre tu cuerpo y tu voz. Porque sigues encima y tu olor es yo. Es avaricia de ti en mí. Que las piernas hablan y estrechan los caminos. Y aprisionan, también con avaricia. Que las piernas recuerdan y recrean, con cada movimiento y a cada paso que doy esta mañana que es mañana, los malabares de ayer con pequeñas y dulzonas punzadas de dolor, hasta estar otra vez contigo en medio y en el centro y dentro; hasta llegar al vértigo. Por eso ya no busco tus huellas. Porque eres y estás, y así no puedo encontrarte de sopetón en la memoria. Esto es avaricia, mucha, de ti en mí.