El huerto andalaosa - Madrid - 29/01/2012 23:14:14
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El frío de la calle quedaba tras las ventanas.
El viento ululaba suave; la luna se desperezaba; la nieve amenazaba con teñir de blanco los tejados de madrugada.
Y al ser consciente del clima de fuera, pensó en el huerto que ya no importaba que se helara porque esta semana, sin esperarlo, se había quedado sin las manos que lo crearon.
Dentro, al calor de la chimenea encendida y de los radiadores, el mundo se transformaba. Todo era cálido y acogedor. Incluso el olor que despedía la casa hoy era dulce, en vez del típico tufillo de la leña quemada.
María recogía la cocina después de hacer un bizcocho de plátano (receta que había adaptado de una que siempre le hacía su madre cuando era niña) y volvía a dejar la encimera limpia y pulcra, como a ella le gustaba.
Exceptuando el crepitar de los troncos y el ligero runrún del motor del horno, la casa estaba en silencio. Pero su mente no callaba.
Pensaba en las campanas que seguía oyendo cada día. Los tañidos resonaban fuertes a golpe de badajo, constatando que las horas pasaban aunque a veces pareciera que sólo habían pasado unos minutos.
Recordaba tiempos en los que las risas se agolpaban en su cara aunque a veces se transformaran en lágrimas; cuando los sueños se convertían en sensaciones, aunque el despertador de la vida a veces los acababa de forma brusca; cuando las emociones se trasladaban al cuadro de su vida expuesto ya para siempre en las paredes de su escondida alma.
Repasaba mentalmente cada gesto de esas caras que le habían dado tanta vida y por las que seguía velando, aun en la retaguardia. Unas criaturas tan pequeñas al principio y que luego te envuelven como si fueras diminuta.
Maduraba la diferencia entre tamaño y fuerza, entre inconsciencia y cordura, entre la llama y el fuego, entre la pasión y la templanza.
Como un alfarero, sentía en sus manos cada grieta, cada bulto, cada hendidura de su pasado. Y como el artista, miraba su obra pensando cómo perfeccionarla.
Todo esto ocurría dentro de la casa.
Y lejos, aun después de tanto tiempo, día a día, mes a mes, año a año, allí estaba él. Quizás deseando poder probar un trozo del bizcocho que olía tan bien; inventando sin parar palabras que destilaran, gota a gota, todos los sentimientos que se escondían bajo la piel; compartiendo generosamente su música y la imagen de sus sueños.
Escondido en la distancia, se acurruca en su creencia de que las cosas no pueden ser, de que abrazarla cada noche es un imposible porque hay cosas que son más importantes que la propia felicidad.
Y a todo esto, ella vuelve su pensamiento al huerto y a cómo se quedó de pronto sin cuidados… y se heló.
[Foto: Dos a la deriva]
Benjamin Francis Leftwich - Atlas hand (gracias por el descubrimiento)
Take me to the docks, there's a ship without a name
It is sailing to the middle of the sea
The water there is deeper than anything you've ever seen
...Jump right in and swim until you freeze
I will remember your face
'Cause I am still in love with that place
But when the stars are the only things we share
Will you be there?
Money came like rain to your hands while you were waiting
For that cold long promsie to appear
People in the churches started singing above their hands
They say "My God is a good God and he cares"
I will remember your face
'Cause I am still in love with that place
When the stars are the only things we share
Will you be there?
I've got a plan
I've got an atlas in my hands
I'm gonna turn when I listen to the lessons that I've learned