Durante miles de años permaneció inmóvil y silenciosa, casi inerte. Habitaba entre aguas enlodadas y lagos calmos, acompañada de la fama inquietante del silencio movedizo, un eterno traidor que devoraba todo a su paso hasta darle muerte. Permanecía allí sin poder recordar ninguno de los sucesos que le habían llevado a alcanzar ese estado, ni los sonidos de los vientos lejanos, ni las esquinas que dejaba tras sus pasos. Se limitaba a creer que todo se había dirigido fácilmente a ella hasta conseguir abatirle con lágrimas, liquen y barro.
Un día decidió intercambiar su alma con palabras de amor, con miradas sinceras y con lazos verdes de dulce helado, y así renunciar a todo lo que no poseía por una nueva piel en la que morar, y gracias a su suavidad poder abandonarse sin miedo en la armonía.
Los que después acudieron a su encuentro no encontraron nada, excepto un vacío que dejaba paso a ese nuevo universo.